Sentado en mi improvisado sofá.

Yo siempre hablo de fantasmas,
como si reconociera como verdadera aquella frase que reza: “Todo tiempo pasado
fue mejor”. No podría estar de acuerdo, todo lo que hice (bien o mal) se quedó
esperando la continuación.
Los fantasmas son como demonios:
inoportunos, sucios, mal olientes, engreídos, distraídos, dispersos, sedientos,
insulsos. Por eso decir que lo pasado fue bueno es rodearse de escoria
emocional. Es practicar la caridad con lo viejo, con lo que ya no es, con eso
que (dentro de un cerebro tan usado como el mío) ya es basura mal contada.
Como seres “humanos” siempre
anhelamos lo que no tenemos y añoramos lo que un día nos perteneció y, como si
fuera poco, unimos los dos sentimientos para justificar nuestra presencia en el
mundo; y para presumir de lo ya hecho, de lo que se quiere hacer y para
olvidarnos de nuestro innegable destino escrito al nacer: “La muerte”.
Mis fantasmas son muchos, una
cantidad aproximada a la de la arena de un reloj. Y me persiguen como perros hambrientos
y harapientos. Se arrastran y se deslizan por todas partes con la energía de un
rayo para recordarme que: “el tiempo pasado sólo es tiempo”, como lo es el
futuro, del que a veces, con cigarro en mano y café recién hecho, me burlo a
carcajadas.
Pero, ¿quién dijo que los
fantasmas son sólo cosa del pasado? ¿Quién aseguró que los muertos eran eso
solamente, fantasmas? No. Mis fantasmas no son pasado, no son muertos, no son
almas en pena, ni siquiera recuerdos de la infancia agradecida. Ellos (los
fantasmas que llevo a rastras) a veces son tiempo que no ha llegado, personas
que aún no conozco, el carro que no he comprado, el viaje que no he hecho, el
libro que no he leído, la canción que no he escrito, el concierto al que no he
ido. Mis inquilinos fantasmagóricos son futuro simple, futuro progresivo,
futuro casi perfecto, futuro en quiebra, futuro que no existe, futuro
inexplicable. Futuro, futuro, futuro.
Futuro que es lo que ya se
hizo y se repite en otro cuerpo, en otra
piel, en otra ciudad con el mismo sol y con el aire, más o menos, contaminado
por igual. Futuro que se hace en otra cama, en otra ducha. Las mismas acciones
en distintos parajes.
Si, futuro angustiante porque ya
no existe, porque ya no existo yo. Porque morir no es ya no estar, morir es irse de la manera que yo lo hice
hace ya mucho tiempo, con una guitarra maltrecha, con una zapatos rotos y con
la convicción de que vivo o muerto vivir sólo es eso: Morir.